Álvaro Besoain Saldaña, encargado de equidad e inclusión de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.
Existen académicas y académicos con discapacidad. Esta es una certeza histórica, pero una verdad porque se ha descrito que el ejercicio de la academia es un ejercicio individual y autosuficiente. Una mirada lejana de los enfoques actuales.
Especialmente porque este año se cumplen 20 años de la convención sobre los derechos de las personas con discapacidad (2006), Convención que respaldamos como país con la Ley N°20.422 (2010) y nuestra Política de Inclusión Universitaria en la perspectiva de la diversidad funcional (2019).
Este escenario implica hablar más allá de la inclusión. La existencia de académicas y académicos con discapacidad nos debe hacer pensar que su pleno desarrollo en la Universidad requiere incorporar cambios en nuestros espacios, prácticas y cultura. No solamente por cumplir, sino por asegurar condiciones adecuadas para vivir en esta comunidad.
Es necesario articular la inclusión laboral con seguridad laboral, considerar la discapacidad en la prevención de la discriminación, las estrategias de ajustes de puestos de trabajo a funcionalidad y necesidades, junto a potenciar las estrategias para mejorar climas y equipos que puedan trabajar con respeto a su diversidad, incluida la diversidad funcional.
De no implementarlas, perdemos diversidad y perdemos universidad. En palabras de Luis Vera y Florencia Herrera, en su artículo” Infiltrados(as) en la academia”: “La ausencia de profesores(as) con discapacidad/diversidad funcional en el mundo académico empobrece a las comunidades universitarias, ya que se pierde la riqueza que yace en la convivencia en la diversidad”.
