Habitar el territorio: Memoria, convivencia y la reconstrucción de lo común

Por Ximena Póo, profesora titular y presidenta del Consejo de Campus Juan Gómez Millas. Doctora en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Comunicación e Imagen.

Habitar el Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile es, ante todo, un ejercicio de conciencia histórica y responsabilidad ética. No caminamos simplemente sobre hectáreas de infraestructura académica; transitamos por un territorio que es, en sí mismo, un palimpsesto de relatos, ausencias y resistencias. Como presidenta del Consejo de Campus, entiendo que nuestra tarea no se agota en la gestión de lo cotidiano, sino que se fundamenta en la custodia de un espacio común que tributa a una memoria histórica dolorosa y profunda: la de la dictadura civil y militar que intentó desarticular el pensamiento crítico y el tejido social del país.

Cuidar este campus significa honrar esa memoria, no como un ejercicio de nostalgia paralizante, sino como una praxis viva. La dictadura buscó vaciar las universidades de su sentido público y político, imponiendo el silencio allí donde debía reinar el debate. Por ello, hoy más que nunca, la defensa de los derechos humanos y sociales debe ser el eje transversal que vertebre nuestra existencia. No se trata solo de recordar el pasado, sino de asegurar que el presente sea un refugio democrático donde la dignidad humana no sea transable.

En este contexto, la convivencia triestamental emerge no solo como una estructura organizativa, sino como una condición de posibilidad para la democracia. El encuentro genuino entre estudiantes, funcionarios/as y académicos/as es el motor que permite transformar el campus en un verdadero espacio público. La triestamentalidad es nuestra respuesta al individualismo aplastante; es el reconocimiento de que la universidad se construye en la diferencia y en el respeto mutuo. Una vida en campus que se pretenda democrática debe ser capaz de escuchar las voces de todos sus estamentos, integrando sus saberes y necesidades en un proyecto común de transformación social.

Nos enfrentamos a un fenómeno global y local preocupante: el vaciamiento de «lo político» y la erosión de la profundidad humana. Lo común se ha ido desvaneciendo frente a lógicas de consumo y atomización que nos alejan del sentido de comunidad. Este quiebre del tejido social ha dejado a nuestras sociedades vulnerables ante la intolerancia y el desinterés. Por ello, el sello de Juan Gómez Millas debe ser precisamente recuperar esa densidad humana, esa capacidad de mirar al otro/a no como un/a competidor/a o a quien temer, sino como un compañero/a de ruta en la construcción de un país más justo.

Atravesamos tiempos difíciles, tanto en Chile como en el mundo, marcados por la incertidumbre y la polarización. Sin embargo, es precisamente en la adversidad donde la universidad pública debe erguirse como un territorio de sentidos. Mi llamado hoy es a trabajar con esperanza. Pero no una esperanza pasiva, sino una «esperanza crítica» —como diría Paulo Freire— que se traduce en acción, en diálogo y en el compromiso ineludible con los derechos de todas y todos.

Reconstruir el tejido quebrado requiere paciencia, voluntad y, sobre todo, la convicción de que el Campus Juan Gómez Millas es un laboratorio de democracia para el Chile que soñamos. Sigamos haciendo de este espacio un lugar donde la memoria nos impulse a crear, donde la convivencia triestamental nos fortalezca y donde la profundidad humana sea nuestra mayor defensa ante el vacío de los tiempos actuales. Con esperanza y trabajo colectivo, seguiremos honrando nuestra historia para pensar y actuar sobre ese futuro urgente que nos demanda la vida.