Miguel Ángel Campos socio de ACAUCH nos aporta su testimonio

La mirada fragmentada: Ciencia y humanidad frente al desamparo.

Por: Miguel Ángel Campos Académico del DETEM, Universidad de Chile y Tecnólogo Médico del Triage en la Unidad de Trauma Ocular del Hospital del Salvador.

Todavía puedo sentir la desesperación de las víctimas oculares de aquellas tardes que partieron el 18 de octubre de 2019. Como profesional de la Tecnología Médica de turno en la sala de triage de la Unidad de Trauma Ocular (UTO), me correspondió recibir y atender a una multitud de personas física y emocionalmente afectadas. Eran ciudadanos de todas las edades, estratos sociales y niveles de participación; desde jóvenes de la «primera línea» hasta asistentes que solo participaban por un Chile más justo, unidos por un dolor repentino e incomprensible. Llegaban de golpe, llorando lágrimas de sangre y preguntando en los primeros 30 segundos de atención si habían perdido sus ojos; pedían una verdad desesperante en un estado de shock profundo. Fueron meses donde las miradas fragmentadas reflejaban un espejo roto donde nuestro país dejó de reconocerse.

Ese caos, que por momentos identificaba como una situación de guerra, me obligó a volver al origen: a mis valores, al trato ético y al deber de responder con la mayor asertividad posible para priorizar a los heridos más graves. Resulta impactante recordar que en 2010 creamos la prestación del «triage» en la UTO para categorizar la afluencia normalmente alta de pacientes. Esta palabra tiene un origen francés nacido en los campos de batalla para priorizar quién podía vivir y quién no; en esta crisis, esa etimología se volvió literal: teníamos que evaluar con exactitud qué ojos se salvaban y cuáles no, dentro del caos de este nuevo campo de batalla en el centro de nuestras ciudades.

Lo que atendíamos era desgarrador. Los perdigones destruían todo a su paso, quedando alojados cerca del cerebro y emitiendo un brillo metálico que alertó de inmediato a nuestro equipo. Junto a los oftalmólogos de la UTO y la Facultad de Ingeniería Mecánica de la Universidad de Chile, descubrimos que no eran de goma, sino que tenían una dureza similar a una rueda de skate y contenían plomo, un elemento tóxico prohibido. Estos hallazgos fueron la base de nuestra publicación en la revista Eye de Nature, una de las de más alto impacto mundial. Ante la saturación de las urgencias generales que atendían todo tipo de traumas por armas cinéticas — con compromisos medulares y nerviosos profundos —, nuestra respuesta desde la oftalmología no fue solo asistencial; fue científica y humana.

Reparación fragmentada frente a la atrofia del tiempo.

Hoy, a través del PACTO (Plan de Acompañamiento y Cuidado de Personas Víctimas de Trauma Ocular), han ingresado 399 usuarios de un total de 464 víctimas registradas por la Fiscalía.

La evidencia nos muestra que el daño no siempre fue inmediato: muchos sufrieron procesos de atrofia progresiva (phthisis bulbi) que obligaron a realizar cirugías de remoción meses o años después, aumentando significativamente el número de pérdidas oculares reportado al inicio.

En estos años de tratamientos reconstructivos y rehabilitación multidisciplinaria constante, no podemos hablar como equipo de salud de una «sanación», sino de un aporte a una búsqueda de reparación; un proceso en el cual, sin verdad, justicia y promesas de no repetición, esta «reparación» se ve fragmentada y lejana.

El PACTO ha permitido que quienes perdieron la vista puedan seguir con sus vidas pese a las dificultades en un mundo monocular impuesto, otorgando además prótesis personalizadas por un somatoprotesista experto para recuperar algo de estética y funcionalidad, buscando una reinserción digna.

El abismo de la justicia y los protocolos.

Sin embargo, la reparación física es estéril sin justicia. El caso de Gustavo Gatica ejemplifica esta fractura: como él mismo ha manifestado, se obtuvo la verdad, pero no la justicia. Es aquí donde los protocolos paupérrimos de control de las protestas de aquella época se cruzan con una realidad jurídica alarmante. Según el informe de la Fiscalía, de las más de 11 mil causas por violencia institucional, solo 219 terminaron con sentencia condenatoria.

Es preocupante observar cómo la Ley Naín-Retamal ha terminado funcionando como un escudo para la impunidad, amparando conductas que se alejan del profesionalismo policial. ¿Cómo podemos perfeccionar nuestras instituciones si permitimos que personas sin las evaluaciones psicológicas y psiquiátricas adecuadas ocupen cargos de seguridad o enfrenten procesos judiciales por mala praxis y luego se burlen de sus víctimas en redes sociales, sin mencionar a quienes celebran estas prácticas?.

Una cicatriz que nos consume el ser.

Este desamparo no es solo una estadística; es una rabia que nos consume. Hasta el 2024, cinco víctimas han decidido terminar con sus vidas. Cómo olvidar que Sebastián Méndez partió el mismo día del quinto aniversario del 18-O. ¿Cómo no sentir el desamparo de una sociedad mermada por una rabia que nos consume el ser? La buena noticia es que cuando dejamos salir nuestra bondad y empatía, el nivel de comprensión por el otro aumenta y ocurre una mejoría que unifica miradas y evita que las «ollas a presión» sociales vuelvan a explotar.

Esta reflexión final no busca encontrar en usted apreciaciones sobre mis casillas políticas; eso déjenlo para la economía, la salud o la educación. Con los Derechos Humanos, que son transversales, debemos buscar un punto en común que nos lleve a ser una sociedad desarrollada humanamente, sin justificar la mutilación de las personas, del bando que vengan. La ciencia y la evidencia empírica que hemos publicado (y que seguiremos publicando) con los equipos de la Facultad de Medicina y Odontología de esta universidad y del Hospital del Salvador deben servir para replantear el uso de estas armas cinéticas aquí y en el mundo.

Me quedo con un sabor amargo, pero no pierdo la fe, de lo que ha pasado en estos seis años. Las malas decisiones gubernamentales en materia social y jurídica nos hacen pensar en lo importante que es controlar nuestra impulsividad, pensar más allá y recordar que no hay reparación sin justicia, ni promesas ejemplificadoras de no-repetición. Es así como hoy tenemos víctimas por trauma ocular grave que pertenecen al PRAIS, promesas fragmentadas por la impulsividad de nuestras autoridades. Si esto no se resuelve, esta cicatriz en Chile seguirá latente. Si no despertamos a tiempo, volveremos a preguntarnos algún día… ¿cómo no nos dimos cuenta antes?